Etapa vocacional

Toda vocación es un don del Espíritu para identificar la iglesia y servir al mundo. Es tarea de la comunidad cristiana suscitar, acoger y cultivar, con todos los medios posibles, vocaciones laicas, consagradas y sacerdotales. Por ello, necesitamos promover una nueva mentalidad sobre la común responsabilidad de todos respecto de las vocaciones.

 

La vocación es una alianza que hace de nuestra vida un diálogo constante con el Dios que nos llama y nos consagra totalmente a Él. Esta relación personal, vivida en la obediencia de la fe, en la apertura de la esperanza y en la fuerza del amor, es el fundamento de la vida misionera. La experiencia vocacional consiste en el don del amor, el único que no pasa nunca y el más necesario para un misionero. La llamada de Dios, aunque es siempre personal, se hace también vocación comunitaria, pues cada uno ha sido llamado para formar con los otros una sola alma y un solo corazón.

 

Para que un candidato pueda hacer parte de esta etapa propedéutica de formación a de poseer los siguientes rasgos:

 

  1. Indicios de vocación claretiana, discernibles a través de sus actitudes básicas de vida de fe y sensibilidad religiosa.
  2. Incipiente voluntad de seguimiento de Cristo en la Congregación.
  3. Cualidades físicas psíquicas, intelectuales y morales para estar en consonancia con la vida misionera. Habrá de tener disponibilidad y apertura para una relación con Dios en la oración y en la vida y capacidad suficiente para la vida en común.

“Formación de misioneros, Roma, 1994”